Un episodio sombrío que marcó profundamente los 1.710 días de reclusión de Jeanine Áñez se produjo el 21 de agosto de 2021. Aquella mañana, las autoridades penitenciarias notificaron a su abogada, Norka Cuéllar, sobre un intento de la expresidenta de atentar contra su propia vida.
La jurista rememoró la perturbadora interrupción de su descanso cuando, mientras intentaba relajarse en casa, su teléfono comenzó a sonar insistentemente con llamadas procedentes del penal de Miraflores. La inminencia de la situación la llevó a preguntar directamente por el estado de su defendida. La evocación de ese instante aún provoca una honda emoción en la abogada, quien prefiere mantener un perfil bajo en los medios.
Los momentos que siguieron estuvieron cargados de confusión y angustia. Cuéllar, cercana a la familia, optó por no ahondar en detalles íntimos de aquel suceso. Sin embargo, sí relató la confrontación verbal y legal que sostuvo con el personal de la Fiscalía, quienes le impedían el acceso a su cliente en la celda. Describió el ambiente como caótico, con la presencia de numerosos efectivos policiales, peritos y psicólogos. La abogada sostuvo que la intención de ciertas dependencias gubernamentales y penitenciarias era desvirtuar la imagen de la exmandataria ante la opinión pública, incluso con instrucciones de mantenerla medicada bajo el dictamen de un psiquiatra extranjero.
Esta percepción de una campaña de desprestigio se vio reforzada por la filtración de fotografías manipuladas, atribuidas a la Unidad de Comunicación del Ministerio de Gobierno, que buscaban proyectar una imagen de la exmandataria rodeada de lujos y con un carácter difícil. Desde el umbral de la celda, al no permitírsele el ingreso, la abogada Cuéllar le gritó a Áñez, quien se encontraba en su cama, cubriéndose el rostro con una manta. Al escuchar la voz familiar, la expresidenta se descubrió y respondió, y una vez que se le permitió el acceso, recibió un fuerte abrazo y el mensaje de que contaba con el respaldo de su familia y amigos.
Los hijos de la exmandataria, Carolina y José Armando Rivera Áñez, confirmaron la gravedad de aquel momento. Han expresado que el intento de suicidio de su madre fue uno de los episodios más dolorosos y difíciles de superar, un recuerdo que desearían borrar.
Otro instante de profunda impotencia para la familia ocurrió el 18 de febrero de 2022, cuando Carolina fue agredida al intentar acceder a su madre, cuya salud estaba muy comprometida. En esa ocasión, se les negaba la posibilidad de verla o de que un médico la examinara. La abogada Cuéllar corroboró este hecho, recordando que lograron obtener un amparo constitucional para trasladar a la expresidenta a un centro médico, pero en medio de los forcejeos, ella misma sufrió la fractura de tres costillas. Los grupos violentos en las afueras del penal de Miraflores, identificados como la Columna Sur, estaban compuestos por funcionarios de los ministerios de la Presidencia y de Gobierno, cuyas identidades circularon en redes sociales.
Tras casi cinco años de privación de libertad, la orden de excarcelación se hizo efectiva en el proceso por el cual ya había sido sentenciada a diez años de prisión, en el marco de la acusación por el denominado golpe de Estado II de noviembre de 2019. Desde su aprehensión el 13 de marzo de 2021, bajo la administración de Luis Arce, la expresidenta enfrentó un total de nueve procesos judiciales, impulsados por funcionarios de la Fiscalía y el Órgano Judicial, con ministros y legisladores del partido gobernante entre los acusadores.
Al llegar a la residencia que sus hijos habían alquilado en La Paz durante estos cuatro años, Áñez afirmó haber superado esta odisea judicial gracias al apoyo inquebrantable de sus hijos y sus abogados, Norka Cuéllar y Luis Guillén. Describió haber soportado audiencias interminables donde se le imputaban numerosos delitos y dos masacres, las de Sacaba y Senkata, sin que jueces ni fiscales atendieran sus descargos. Esta experiencia la llevó de la negación a una resistencia moral inquebrantable, asumiendo la vida en prisión en paralelo a los procedimientos judiciales.
La expresidenta compartió que en la cárcel de Miraflores forjó grandes amistades con otras internas, a quienes llevará en su corazón por su solidaridad. A pesar de las circunstancias que las llevaron a ese recinto, las conoció como seres humanos que incluso prepararon platos tradicionales de Beni para ella. El ejercicio y la participación en talleres de corte y confección con las demás reclusas contribuyeron a mejorar su salud. En señal de agradecimiento, la expresidenta elaboró una lista para recordar a quiénes obsequiaría algunos de los objetos y prendas que utilizó durante su encierro. Con una sonrisa, comentó que su formación le impidió dejarse vencer por la adversidad, y solía decirle a su hija que era la presa más ocupada. Carolina, por su parte, respondió jocosamente que le daría un nieto para mantenerla igualmente ocupada, provocando la risa de ambas.
Áñez expresó un profundo arrepentimiento hacia sus hijos por los momentos importantes de su crecimiento que se perdió. Con orgullo, destacó que mientras ella era una presa política y un trofeo del partido oficialista, su hijo José Armando concluyó sus estudios de colegio y una carrera universitaria en Ingeniería Comercial, y ahora, con su salario, contribuye al sustento del hogar junto a su hermana. Carolina, la joven odontóloga de carácter firme, no solo finalizó una segunda carrera en Derecho, sino que, en medio de la lucha por la inocencia y liberación de su madre, tuvo la oportunidad de visitar veinte países y cincuenta ciudades. En estos viajes, no solo difundió el libro escrito por su madre, De puño y letra, que narra los acontecimientos que la llevaron a la presidencia y la posterior persecución política, sino que también llevó consigo los tejidos que su madre elaboraba en prisión.
Comparándose con Penélope de la mitología griega, Jeanine Áñez afirmó haber sobrevivido a una odisea judicial con el apoyo de sus hijos. Sin embargo, a diferencia del relato homérico, la expresidenta no tejió a la espera de un héroe, sino como un símbolo de resistencia política y espiritual, aguardando su libertad, la cual finalmente llegó. Carolina concluyó que el tejido fue una forma de desestresarse, de crear belleza a pesar de la adversidad y el duro encierro, y de mantener un contacto con el exterior. Era una manera de que las personas tuvieran algo hermoso hecho por ella, demostrando su fuerza y resiliencia, y una forma de reinventarse dentro de la cárcel. Sus creaciones, hechas con amor y entusiasmo, reflejan años difíciles que, paradójicamente, han fortalecido y unido más a la familia. De las adversidades, aprenden a valorar cada instante junto a su madre y los momentos felices que están por venir, con la convicción de que el amor lo puede todo y revela fuerzas insospechadas
