Desde hace diecisiete años, una infraestructura clave para la gestión de aguas residuales y la protección ambiental de la ciudad permanece inactiva, enterrada bajo tierra. Se trata de un colector de un metro de diámetro que se extiende desde las inmediaciones del barrio Luis Espinal hasta San Gerónimo, atravesando una parte considerable del área urbana.
Esta importante obra fue instalada durante la administración del prefecto Mario Cossío, como parte de lo que entonces se denominó el Proyecto Guadalquivir. Su propósito fundamental era recolectar las aguas servidas para evitar su vertido directo en los cuerpos de agua naturales.
Sin embargo, a pesar de la existencia de este colector subterráneo, la contaminación de las quebradas urbanas sigue intensificándose. Las aguas residuales de diversos barrios continúan siendo descargadas a través de tuberías que, si bien son parte de sistemas oficiales, desembocan directamente en las quebradas El Gringo, El Monte y San Pedro. Estas quebradas, a su vez, confluyen en el río Guadalquivir, agravando la problemática ambiental que afecta a la capital desde hace años.
Es importante diferenciar estos sistemas de descarga, instalados por la municipalidad o la empresa de servicios de agua y alcantarillado, de las conexiones clandestinas que en ocasiones han sido detectadas. La situación actual revela que las instituciones responsables no han logrado activar el colector principal, dejando sin uso una inversión considerable destinada a la protección hídrica.
La falta de aprovechamiento de esta infraestructura es notable. El colector, diseñado para interceptar y desviar las aguas residuales, nunca fue puesto en operación. Incluso, la información disponible sugiere que muchos técnicos han olvidado su existencia, y en algunos casos, los planos de su instalación podrían no estar fácilmente accesibles. Esta inacción contrasta con la creciente necesidad de mitigar la contaminación y proteger los recursos hídricos de la región
