La emoción volvió a acompañar la procesión de San Roque y la devoción se hizo sentir con fuerza en Tarija, pero el último día de la Fiesta Grande también dejó al descubierto problemas de indisciplina y dificultades logísticas que terminaron por opacar parte de la jornada. La celebración, marcada por la masiva presencia de promesantes, puso nuevamente sobre la mesa la necesidad de una evaluación profunda sobre el desarrollo de la festividad.
La plaza Campero, donde se concentra el canto final de las alabanzas al santo, se vio desbordada. Encontrar un espacio para seguir la ceremonia se convirtió en una tarea casi imposible, al punto de que el ambiente adquirió tintes de supervivencia. Con el paso de las horas, el lugar fue llenándose de turbantes, tambores, cañas y el sonido de la quenilla, hasta quedar completamente copado por promesantes, reporteros, influencers y vecinos que buscaban presenciar el cierre de la jornada.
El Santo llegó pasadas las 22:00, mucho más tarde de lo previsto, escoltado por quienes le abrían paso entre la multitud. Una vez concluida la oración del padre César Aguado, comenzaron los cantos de los chunchos y, como parte del ritual, llegó también el momento en que varios de ellos cayeron de rodillas al suelo en medio de la celebración. Todo ocurrió en un escenario en el que, como ocurrió también en otros momentos del día, el espacio parecía insuficiente para la cantidad de personas que se dieron cita.
La jornada no estuvo exenta de críticas. Mientras algunos antiguos devotos cuestionan que la Fiesta Grande haya adquirido un perfil demasiado orientado a las redes sociales, otros observan con preocupación nuevas expresiones dentro de la celebración, como la figura del “chuncho boleador”. Al mismo tiempo, también hubo quienes destacaron que este año se registraron menos peleas y más promesas, aunque el balance general dejó más de un motivo de discusión.
Uno de los puntos más comentados fue la procesión matutina, que avanzó a un ritmo inusualmente acelerado. El Santo aún no había salido de la iglesia después de la misa de las 9:00 cuando la cabecera de los chunchos ya había llegado a la plaza Luis de Fuentes, incluso pasando de largo por la Catedral. Más tarde, cuando el Santo alcanzó ese punto, la cabecera ya se encontraba cerca de la parroquia de San Juan de Dios, dejando un gran vacío en el recorrido y provocando que el Santo avanzara casi solo con su escolta.
Por la noche, la situación no fue mejor. Los promesantes comenzaron a tomar posiciones alrededor de las 17:00, pero el Santo no llegó a la iglesia sino hasta pasadas las 22:30. Entre las explicaciones que se mencionan están los algodones, la multiplicación de mesas y la aglomeración, factores que habrían contribuido al desorden observado durante la jornada.
En medio de ese panorama, el padre Aguado ya había reconocido en la celebración matutina que el crecimiento de la fe es motivo de satisfacción, aunque también implica mayores exigencias organizativas. La Fiesta Grande de San Roque, recordó, ha crecido de manera notable desde su recuperación plena en las décadas de 1970 y 1980, y también después de la pandemia de Covid. Hoy reúne a unos 6.000 chunchos, pero cada vez se baila menos, una situación que alimenta la preocupación sobre el equilibrio entre la dimensión religiosa y el componente turístico del evento.
La reflexión final apunta a que, si la festividad pierde su alma, corre el riesgo de debilitarse en su esencia. En un contexto de crisis, la petición a San Roque sigue siendo la misma: salud. Pero junto con ella, también hace falta memoria para revisar lo ocurrido y corregir lo necesario, de modo que la Fiesta Grande pueda seguir sosteniendo su condición de Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad.