La película “Hamnet” se presenta como una obra que explora profundamente la capacidad del arte narrativo para permitirnos experimentar, de manera vicaria, las vidas ajenas, incluso en sus momentos más íntimos y dolorosos. Esta característica fundamental del cine y otras formas de narrativa artística es el eje sobre el cual se construye esta historia, que se adentra en un episodio trágico y poco explorado de la vida de William Shakespeare: la muerte de su hijo Hamnet.

El trasfondo literario que inspira esta película tiene un diálogo interesante con un cuento del reconocido escritor Jorge Luis Borges. En ese texto, un académico recibe como obsequio una memoria mágica que contiene los recuerdos del propio Shakespeare. Este don extraordinario no resulta ser la llave para descifrar o dominar la obra del dramaturgo inglés ni para escribir una biografía definitiva. La reflexión borgiana sugiere que los recuerdos personales, aun siendo los de un genio, no explican completamente su creación artística ni transforman al poseedor de esos recuerdos en un creador más talentoso o diferente. Según Borges, la memoria de un escritor está compuesta por elementos dispersos: su lengua materna, fragmentos limitados de lecturas, detalles insignificantes o secretos de su vida privada y ciertas técnicas narrativas que por sí solas no garantizan la génesis de nuevas obras si no se cuenta con imaginación y talento propios.

En contraste con esta perspectiva escéptica, Maggie O’Farrell ofrece en “Hamnet” una visión distinta y emocionalmente potente. Su novela y guion cinematográfico parten de la idea de que el recuerdo específico y doloroso de la pérdida del hijo Hamnet fue el motor que inspiró a Shakespeare a crear “Hamlet”, su obra más trascendental. Esta hipótesis plantea que hay hechos personales tan profundos que sí pueden explicar el contenido y el espíritu detrás de una obra artística monumental. Así, O’Farrell logra ofrecer una respuesta a esa búsqueda infructuosa del académico borgiano: el vínculo entre vida personal y creación literaria existe y es tangible.

Aunque esta idea no sea completamente inédita en los estudios sobre Shakespeare —quien ha sido objeto de innumerables análisis y especulaciones—, lo verdaderamente innovador en el trabajo de O’Farrell reside en dos aspectos fundamentales. Por un lado, su prosa destaca por ser simultáneamente poética y precisa, logrando transmitir con delicadeza tanto los detalles concretos como las emociones profundas que atraviesan a sus personajes. Por otro lado, la autora realiza una construcción literaria memorable al dotar a Anne Hathaway —la esposa del dramaturgo— de una personalidad singular y casi mística. En “Hamnet”, Anne es concebida como una figura cercana a una ninfa del bosque, portadora de antiguos poderes vinculados a la naturaleza, todavía presentes aunque debilitados por el paso del tiempo. Esta representación aporta riqueza simbólica y sensibilidad al relato, destacando el amor hacia las mujeres, las plantas y los hijos como motores vitales.

Al trasladar esta historia a la pantalla cinematográfica mediante un guion adaptado por la misma O’Farrell bajo la dirección de Chloé Zhao, se observa inevitablemente un cambio en el tono narrativo. La sutileza propia del texto literario se transforma en una expresión más explícita e intensa para adaptarse al lenguaje audiovisual. Este tránsito implica sacrificar cierta delicadeza para alcanzar un impacto emocional directo sobre el espectador. Así, “Hamnet” adquiere tintes melodramáticos acentuados que provocaron una respuesta emotiva notable entre quienes asistieron a su proyección: lágrimas compartidas en un ambiente lleno donde el público se conectó profundamente con el relato.

Este efecto conmovedor puede interpretarse como uno de los grandes logros artísticos del film: recordar al espectador lo esencialmente humano y vulnerable que somos frente al destino y al sufrimiento personal. La evocación shakesperiana junto con reconocimientos formales como nominaciones a premios prestigiosos ofrecen un contexto cultural elevado desde donde liberar esas emociones tan primarias pero universales: el dolor por la pérdida infantil y la fragilidad inherente a nuestra existencia.

Finalmente, “Hamnet” reafirma uno de los fenómenos más valiosos del cine contemporáneo: su capacidad para permitirnos habitar otras vidas desde dentro, experimentando sentimientos tan profundos e intransferibles como si fueran propios. En este caso particular, esa experiencia es posible gracias a la interpretación magistral de Jessie Buckley en el papel de Anne Hathaway; ella encarna esa memoria viviente que nos conecta con Shakespeare no solo como figura histórica sino como ser humano atravesado por tragedias personales. De este modo, la película ofrece al público ese regalo mágico similar al otorgado en el cuento borgiano pero mucho más tangible: vivir desde dentro ese dolor universalizado que da sentido tanto a la creación artística como al acto mismo de empatizar con otros seres humanos

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