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Este 1 de noviembre, al mediodía, miles de familias bolivianas vivirán uno de los momentos más sentidos de la tradición de Todos Santos: la llegada simbólica de las almas de sus seres queridos fallecidos. Según la creencia popular, los ajayus regresan al mundo de los vivos para reencontrarse con sus familiares y permanecer junto a ellos durante 24 horas.

Desde tempranas horas, los hogares se alistan para recibirlos con mesas cargadas de flores, panes, frutas, bebidas y los alimentos que en vida disfrutaban quienes hoy son recordados. La jornada se vive entre nostalgia, cariño y la esperanza de un reencuentro espiritual que forma parte de una de las costumbres más arraigadas del país.

La tradición boliviana establece que las almas retornan al mediodía del 1 de noviembre y permanecen con sus seres queridos hasta la misma hora del 2 de noviembre. Durante ese tiempo, son recibidas como invitados especiales, con sus platos favoritos y acompañadas por rezos, recuerdos y gestos de afecto que mantienen vivo su recuerdo.

Para muchos hogares, especialmente aquellos que han perdido recientemente a un familiar, esta celebración adquiere una carga emocional aún más profunda. La convicción de que las almas vuelven por un día permite revivir sus historias, sus costumbres y los momentos compartidos en vida, en una jornada marcada por la memoria y la espiritualidad.

Uno de los elementos centrales de Todos Santos es el mast’aku, también conocido como mesa de difuntos. Este altar se prepara con anticipación y reúne distintas ofrendas que, de acuerdo con la tradición, sirven para recibir y acompañar a las almas durante su visita. En algunos hogares, la mesa se organiza en varios niveles que representan los mundos de la cosmovisión andina.

La mesa suele incluir fotografías del difunto, alimentos, flores, velas, agua, frutas y figuras elaboradas con masa de pan. Cada uno de estos elementos tiene un significado especial y expresa el cariño de las familias hacia quienes partieron. La preparación del altar se convierte así en un acto de recuerdo, respeto y conexión espiritual.

La despedida llega el 2 de noviembre, cuando concluye la visita de las almas al mediodía. Ese día, las familias se reúnen para despedirlas con oraciones, cantos y visitas a los cementerios. En distintos lugares del país, las ofrendas también se comparten entre familiares, vecinos y personas que acompañaron las oraciones.

Lejos de representar un olvido, la despedida simboliza la esperanza de volver a recibir a los seres queridos el próximo año, en una tradición que sigue uniendo memoria, fe y afecto en miles de hogares bolivianos.

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