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Luiz Inácio Lula da Silva logró este domingo una victoria histórica en la segunda vuelta de las elecciones presidenciales de Brasil, al imponerse con el 51,76% de los votos frente al 48,24% obtenido por el senador ultraderechista Flávio Bolsonaro, según los resultados oficiales con el 99,81% de las urnas escrutadas. El desenlace confirmó una remontada inédita en la historia democrática del país, al tratarse de la primera ocasión desde el fin de la dictadura militar, en 1985, en que un candidato que había quedado segundo en la primera ronda consigue revertir el resultado y ganar en el balotaje.

En la primera vuelta, Flávio Bolsonaro había sido el más votado con el 47% de los apoyos, dos puntos por encima del dirigente progresista, una diferencia que equivalía a 2,2 millones de votos. Sin embargo, en la segunda vuelta Lula logró dar vuelta a ese escenario y terminó sacándole más de cuatro millones de sufragios a su rival, en una elección marcada por la expectativa de un resultado muy estrecho que finalmente favoreció al líder del Partido de los Trabajadores.

La victoria de Lula lo llevará a asumir su cuarto mandato, el segundo consecutivo, el próximo 5 de enero en Brasilia, cuando tendrá 81 años. Nunca antes en la historia de Brasil un presidente había sido elegido en cuatro ocasiones distintas. Su triunfo, además, frena el giro hacia la derecha que ha venido experimentando América Latina en los últimos años, en un contexto que el propio texto vincula con el impulso del presidente estadounidense, Donald Trump.

Lula llegó a la recta final de la campaña en desventaja tras la primera vuelta, pero desde entonces todas las encuestas anticiparon un desenlace ajustado, con ambos aspirantes en empate técnico aunque siempre con Flávio por delante en las mediciones. Los dos últimos sondeos, publicados en la víspera, situaban al senador con el 51% de los apoyos y a Lula con el 49%, lo que reforzaba la percepción de una contienda abierta hasta el último momento.

Tras una primera parte de campaña que el propio Lula calificó de “desorganizada”, el mandatario modificó por completo su estrategia y llamó a ocupar las calles y las redes sociales. La respuesta de su base fue inmediata, con marchas multitudinarias en varias de las principales ciudades del país y una movilización del progresismo que no se veía desde hacía décadas. Al mismo tiempo, el aspirante del PT intensificó sus anuncios desde la Presidencia, impulsando la aprobación en el Congreso de la jornada laboral, perdonando deudas a millones de trabajadores autónomos y lanzando medidas de incentivo para el sector de los videojuegos, entre otras decisiones.

En paralelo, Lula desplegó una dura ofensiva contra su adversario, apoyada en el miedo y en el recuerdo de los recortes aplicados durante la gestión de Jair Bolsonaro entre 2019 y 2022. En sus discursos vinculó a Flávio con la “motosierra” del presidente argentino Javier Milei, advirtió que su triunfo supondría un “riesgo para la democracia” después de la intentona golpista liderada por su padre tras perder las elecciones de 2022, y recordó también sospechas de corrupción y vínculos con familiares de grupos paramilitares de Río de Janeiro. Además, alertó de que Bolsonaro se subordinaría a Trump en asuntos como seguridad y minería, en medio de los intentos de injerencia de la Casa Blanca para supuestamente favorecer al hijo del expresidente brasileño, aliado del republicano. “No permitiremos que Brasil sea el patio trasero de nadie”, afirmó Lula en sus mítines.

Del otro lado, Flávio Bolsonaro, ungido candidato por su padre, perdió capacidad para marcar el debate público y quedó a remolque durante las últimas tres semanas de campaña. Su padre, condenado y en prisión domiciliaria por golpismo, fue una figura decisiva en su designación. A partir de febrero, Flávio perderá sus fueros como parlamentario y deberá afrontar al menos dos investigaciones en su contra relacionadas con supuestos delitos de blanqueo de capitales.

Aunque Lula iniciará su último mandato, lo hará con un Parlamento más inclinado hacia la derecha que hace cuatro años, lo que anticipa un escenario político complejo pese al alcance de su victoria.

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Federico Enrique
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