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En el pequeño patio de La Sonrisa de Pandora Bibliocafé, en la calle Junín entre Domingo Paz y Bolívar, la presentación de Dueños de Bolivia. La historia (no oficial) del saqueo, del sociólogo Nathanael Hastie, abrió el martes 13 de octubre un debate que desbordó la mera exposición de un libro. La sala se llenó desde las 18:00 para un conversatorio organizado por el propio bibliocafé junto con la Alianza Rebelde del Sur, la Liga Obrera Revolucionaria (LOR-CI) y Combate Rojo, y que llegó a Tarija con meses de retraso, según explicó el autor, porque la visita estaba prevista antes de que estallaran las 53 jornadas de movilización contra el ajuste.

La discusión giró desde el inicio en torno a una pregunta que atravesó toda la jornada: quién se quedó con la riqueza generada por el gas tarijeño. La filósofa Gabriela Alfred planteó que en el departamento pocas veces se formula con claridad esa interrogante, pese a que durante años sostuvo buena parte de la economía nacional con sus hidrocarburos y recibió regalías millonarias. A su juicio, tras agotarse ese ciclo, Tarija quedó con una economía “profundamente deprimida y dependiente”. Criticó que el debate local se concentre en indagar qué hizo mal la población con la bonanza, mientras se deja de lado lo incómodo: qué empresas se enriquecieron con el negocio del gas, cuánto terminó en manos transnacionales y qué intereses políticos acompañaron esos procesos. En ese marco, mencionó a la familia Paz, desde Jaime Paz Zamora hasta el actual presidente Rodrigo Paz, como ejemplo de apellidos que se repiten en el poder. También advirtió que una Bolivia “posextractivista” no cambiará de fondo si el litio reemplaza al gas pero “los dueños de la economía siguen siendo las mismas personas”. “No podemos aceptar que se socialicen las pérdidas mientras las ganancias de décadas de saqueo siguen siendo privadas”, sostuvo.

El economista Hernán Ruiz, con trayectoria en temas ambientales y de trabajo con pueblos indígenas, definió la obra como “descomunal” y la ubicó en una tradición de pensamiento crítico asociada a Eduardo Galeano, Marcelo Quiroga Santa Cruz, René Zavaleta y Sergio Almaraz. Uno de los ejes que destacó fue el de las “puertas giratorias”, útil —dijo— para entender cómo ciertos grupos de poder entran y salen del Estado. También subrayó que la gran agroindustria no surgió únicamente por mérito propio, sino con apoyo de créditos estatales, entre ellos los del Banco Agrícola, cuyas deudas terminaron siendo asumidas por el Estado. Aprovechando que la presentación cayó un martes 13, leyó además un fragmento del capítulo 13, dedicado a la “década del gran pacto social” entre el MAS y la oligarquía entre 2009 y 2019. Luego llevó la reflexión al territorio tarijeño: recordó haber visto en el Chaco familias guaraníes en servidumbre durante décadas y señaló que en la provincia O’Connor, donde se encuentra el campo Margarita, más de la mitad de la población rural sigue en la pobreza y varias comunidades carecen de agua potable, pese a los más de 6.000 millones de dólares en regalías administrados en el departamento. Desde esa mirada cuestionó la imagen de una Tarija tranquila mientras el país estaba bloqueado: “Quizás sea válida para la plaza y sus alrededores”.

José Copas, estudiante de Derecho y militante de Combate Rojo, intervino desde la perspectiva de una generación nacida bajo los gobiernos del MAS. Señaló que el libro desmonta principios liberales que hoy enarbolan muchos jóvenes, como la libre competencia, y recordó que la privatización del sistema de jubilaciones terminó concentrándose en un duopolio de dos AFP. Valoró además que el texto no se limite a la dimensión económica, sino que recupere la historia de la resistencia popular, y que no caiga en el “campismo”. “Ha saqueado la era neoliberal y ha saqueado el MAS, y hay que decirlo”, afirmó.

Hastie retomó esa línea para insistir en que hoy se repite el mismo relato de los años noventa, cuando se declaraba quebradas a las empresas estatales para justificar su privatización. Sostuvo que varias de las empresas públicas consideradas críticas ni siquiera cumplen los criterios oficiales

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Federico Enrique
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