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Bolivia sigue sin una medición nacional, actualizada y comparable que permita saber con precisión cuánto aporta la economía creativa al país. La actividad existe, se expande y genera empleo, pero una parte importante de ese movimiento permanece fuera de los registros oficiales, lo que dificulta dimensionar su verdadero peso económico y diseñar políticas públicas acordes con su realidad.

La discusión no es menor. En distintos puntos del país, diseñadores, desarrolladores de software, músicos, productores audiovisuales, gastrónomos, artesanos, publicistas y emprendedores convierten conocimiento, talento e identidad en bienes y servicios. Sin embargo, esa diversidad también explica por qué medir el sector resulta complejo: muchas de sus actividades se encuentran fragmentadas entre categorías estadísticas, operan en la informalidad o no encajan del todo en las clasificaciones tradicionales.

“Actualmente las mediciones no están dadas. Y esto es urgente porque los datos son los que van a poder hacer que se generen políticas contundentes”, señaló Aldo Villegas, senador de Bolivia.

La ausencia de una medición nacional no significa que la economía creativa no exista, sino que todavía no se cuenta con una fotografía completa de su alcance. Hay antecedentes oficiales sobre sectores culturales, estimaciones basadas en empleo y censos locales, pero no una lectura integral que permita comparar territorios, identificar tendencias y establecer con claridad cuántas personas trabajan en este ecosistema y bajo qué condiciones.

Uno de los referentes más recientes proviene de Cochabamba. El Censo de Economía Naranja realizado entre 2022 y 2023 por el Instituto de Progreso Económico Empresarial (IPEE) de Unifranz y el Centro de Estudios de la Realidad Económica y Social identificó 2.260 unidades económicas creativas en el municipio y estimó 94.200 empleos vinculados al sector, de los cuales 23.550 eran directos. Estas cifras fueron recogidas en el informe de monitoreo 2024 de Cochabamba para la Red de Ciudades Creativas de la UNESCO.

El relevamiento incluyó gastronomía, moda, artesanías, productos creativos, software, educación y otros servicios asociados al talento, la innovación y la cultura. Dentro de ese universo, la gastronomía concentró 54% de las actividades identificadas, seguida por moda con 9%, productos creativos con 8% y artesanías con 5%, según la difusión de resultados del censo.

Pero el dato más revelador quizá no sea solo el volumen de actividades, sino su nivel de formalización. El 68% de las unidades económicas identificadas operaba de manera informal, 23% contaba únicamente con Número de Identificación Tributaria (NIT) y solo 9% tenía NIT y registro en el Servicio Plurinacional de Registro de Comercio (SEPREC). En otras palabras, una parte importante de esta economía produce, vende y sostiene empleo sin aparecer con claridad en los registros administrativos pensados para empresas formalizadas.

La dificultad de medir la economía creativa también responde a su propia definición. Se trata de un campo en el que la creatividad, el conocimiento, el talento, la cultura, la innovación y la propiedad intelectual son el centro del valor económico. El problema surge cuando esa idea se traduce en categorías estadísticas, porque no todos los estudios incluyen los mismos sectores ni aplican los mismos criterios.

Un desarrollador de software, una diseñadora de moda, un músico, una productora audiovisual, un restaurante que convierte el patrimonio gastronómico en experiencia, una agencia publicitaria o un artesano pueden formar parte del ecosistema creativo bajo determinadas metodologías. Esa amplitud ayuda a entender por qué dos mediciones pueden arrojar resultados distintos sin que necesariamente una sea incorrecta.

En 2018, el Banco Interamericano de Desarrollo advirtió que los países de América Latina y el Caribe utilizan fuentes, periodos y metodologías diferentes para medir las industrias culturales y creativas. Su recomendación fue avanzar hacia sistemas más sistemáticos y comparables de recopilación de información, precisamente para evitar que el sector siga siendo observado con herramientas dispersas.

Bolivia cuenta con algunos antecedentes que permiten aproximarse al fenómeno, aunque ninguno ofrece una lectura nacional actualizada. El informe del BID de 2018 recogió un dato de 2009 que contabilizaba 65.800 personas en el sector cultural y otras 21.300 en actividades auxiliares, para un total de 87.100 bajo esa clasificación. Además, registró exportaciones de bienes creativos por 81 millones de dólares en 2012, aunque aclaró que no existía una referencia equivalente para servicios creativos.

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