En las faldas meridionales del Parque Nacional Tunari, un espacio donde la luz solar nutre innumerables brotes destinados a convertirse en un denso bosque, una figura femenina se dedica con inquebrantable paciencia y convicción. Pascuala Nogales, habitante de Tholapujru y miembro de la comunidad quechua, desempeña un papel fundamental como responsable de producción en el vivero comunitario del Distrito 3 del municipio de Tiquipaya, en Cochabamba. Desde esta ubicación, en colaboración con otras mujeres, lidera un proyecto que este año prevé la producción de 60.000 plantines de especies autóctonas, esenciales para la restauración de los ecosistemas forestales altoandinos.
La dedicación de Pascuala trasciende lo profesional; como madre, su labor está profundamente arraigada en el bienestar de sus hijos. Su trayectoria se caracteriza por un fuerte sentido de la responsabilidad y un historial de liderazgo comunitario. Aunque inicialmente sintió cierta aprensión ante la magnitud de la tarea, la capacitación recibida de una organización de apoyo transformó su incertidumbre en una sólida competencia. Hoy, maneja el vivero con destreza y expresa un profundo orgullo por el desarrollo de las plantas bajo su cuidado, especialmente las delicadas kewiñas.
El vivero opera bajo la dirección de una junta compuesta por representantes de nueve comunidades, y cuenta con el respaldo técnico del Programa Tunari, impulsado por la Asociación Armonía. Este modelo de gestión ha sido reconocido por su eficacia y su enfoque en la sostenibilidad local.
La elección de cada especie vegetal responde a un propósito ecológico específico. Plantas nativas como la kewiña, kiswara, lloque y aliso no solo contribuyen a la recuperación del paisaje, sino que también restauran funciones ecosistémicas vitales. Su presencia es crucial para la protección de las fuentes de agua, la mejora de la calidad del suelo y la provisión de hábitat para especies singulares, como la Monterita Cochabambina, un ave endémica que encuentra refugio en los bosques de kewiña.
Pascuala ha internalizado la profunda verdad de que plantar árboles es, en esencia, sembrar el porvenir. Su labor implica el rescate de brinzales, el cuidadoso trasplante de retoños y la aplicación de métodos de siembra innovadores. Cada plantín es tratado con una atención comparable a la de un hijo, requiriendo riego constante y deshierbe. Esta conexión intrínseca con la naturaleza le proporciona una profunda sensación de paz y la certeza de estar contribuyendo activamente al crecimiento y la prosperidad de su comunidad y sus bosques.
Su compromiso ha permeado incluso en su entorno familiar. Su hija, con admiración, destaca la fortaleza de su madre, quien no solo les enseña sobre los desafíos de la vida y cómo superarlos, sino que también protege el bosque y el suministro de agua para todos.
Desde la perspectiva de Omar Oporto, coordinador del Programa Tunari, el vivero comunitario representa un pilar fundamental para el fortalecimiento de la autonomía local. Las comunidades han asumido la administración del vivero, la producción de las plantas y la remuneración del personal. La organización de apoyo se enfoca en brindar capacitación técnica, con la visión de que, en el futuro, el vivero funcione de manera completamente autónoma y diversifique su producción hacia especies agroforestales.
El esfuerzo de Pascuala y su comunidad ilustra cómo la restauración forestal se traduce en un robustecimiento del tejido social. Mujeres que tradicionalmente se dedicaban exclusivamente a la agricultura, ahora complementan su labor con la producción de especies nativas, realizando una contribución significativa a la recuperación del Parque Nacional Tunari. El Programa Tunari, una iniciativa de la Asociación Armonía, celebra cinco años de trabajo ininterrumpido en la restauración de los bosques nativos de este parque, una de las áreas protegidas más importantes de Bolivia. Estas acciones son posibles gracias al apoyo de diversas organizaciones internacionales dedicadas a la conservación ambiental
