El Real Madrid se llevó ante el Inter un triunfo construido en dos claves que, durante el partido, resultaron decisivas: la presión alta y la seguridad de Thibaut Courtois. De esa insistencia nacieron los goles de Kylian Mbappé y Fede Valverde, mientras el portero belga volvió a ser el sostén del equipo cuando el conjunto italiano apretó y puso en duda una victoria que terminó siendo más ajustada de lo que reflejó el marcador final, 2-1, en un encuentro que dejó al Bernabéu impaciente en el tramo decisivo.
El partido arrancó con una pregunta todavía abierta tras la derrota frente al Betis y con el calendario exigiendo respuestas inmediatas. Después de los compromisos ante el Espanyol, la Real Sociedad y el Málaga, el duelo en La Cartuja había elevado el nivel de dificultad y el tropiezo había encendido las dudas. El Inter aparecía como una prueba de mayor exigencia, quizá la más seria hasta ese momento para un Real Madrid que sigue en proceso de construcción.
Mourinho llegó al choque con el centro del campo muy castigado por las ausencias de Bernardo Silva, Güler y Camavinga. Para resolverlo, apostó por Alexander-Arnold en una posición poco habitual para él, acompañado por Bellingham más retrasado y por Brahim en el lugar de Güler. Diomande volvió a quedarse en el banquillo, a la espera de encontrar todavía su espacio desde el inicio.
La primera mitad fue, en términos de juego, más favorable al Inter. El equipo italiano se mostró más suelto, encontró mejor los espacios y disparó hasta diez veces. Huijsen estuvo cerca de marcar en propia puerta, Courtois respondió con una parada ante Calhanoglu y Curtis Jones estrelló un remate en la cruceta. Sin embargo, al descanso el marcador era de 2-0 para el Real Madrid, una paradoja que resumía bien la naturaleza del fútbol en noches como esta.
A los de Mourinho les faltó elaboración, pero no intensidad. Y precisamente desde esa energía llegaron los goles, algo que en la víspera había generado cierto malestar en Mbappé cuando se le preguntó por la necesidad de presionar. El francés se benefició de su propio esfuerzo para abrir el marcador: persiguió a Bisséck, provocó su error y, tras recibir la asistencia de Brahim, firmó el 1-0 al cuarto de hora. No hubo una jugada de gran construcción, pero sí una acción marcada por la voracidad y la insistencia.
El segundo tanto siguió el mismo patrón. Valverde fue a por una pelota que parecía controlada por Josep Martínez, llegó hasta el portero, forzó un despeje defectuoso y terminó recibiendo el premio del rebote, porque el balón golpeó en él y acabó dentro de la portería. El 2-0 explicaba el resultado, pero no lo que había ocurrido sobre el césped: el Inter había jugado mejor, había generado más y había amenazado con más continuidad, mientras el Real Madrid había castigado con una eficacia feroz dos errores del rival. Incluso Bellingham pudo ampliar la ventaja en una contra que Josep Martínez desbarató con una gran intervención.
La segunda parte no alteró demasiado el escenario. Lo primero que llegó fueron algunos silbidos a Vinícius, todavía sin brillo, y después al conjunto blanco cuando no logró culminar varias transiciones. El Inter siguió dominando la pelota y encontrando caminos hacia el área, y allí volvió a aparecer Courtois, esta vez con dos paradas de enorme valor ante Curtis Jones y Bastoni. En la primera achicó espacios y cerró el disparo; en la segunda sacó una mano extraordinaria para desviar un golpeo lejano.
Mientras tanto, el Real Madrid desperdiciaba sus opciones al contragolpe. Tenía metros para correr, pero no logró sentenciar. Bellingham y Brahim dispusieron de ocasiones que no encontraron portería y esa falta de precisión terminó abriendo la puerta a la incertidumbre. El gol de Carlos Augusto, en el minuto 76, tras imponerse a Konaté y rematar casi sobre la línea, convirtió el tramo final en un problema para los locales.
Del posible 3-0 se pasó al 2-1 y a la incomodidad de buena parte del Bernabéu. Los silbidos fueron creciendo y solo se atenuaron con alguna arrancada de Diomande, que despertó