Cristiano Ronaldo no ha puesto fin a su etapa con la selección portuguesa, ni tampoco ha comunicado que vaya a hacerlo. Pero su salida abrupta de la concentración, después de no participar en el partido ante Noruega y de varios días marcados por la tensión con Jorge Jesus, ha abierto un escenario que recuerda al de otras grandes figuras del fútbol internacional: despedidas inesperadas, rupturas sin ceremonia y finales alejados de la dimensión de sus carreras.
El propio Cristiano alimentó esa incertidumbre al asegurar: A su debido tiempo contaré la verdad a todos los portugueses sobre las razones que me motivaron a abandonar la concentración. El mensaje llegó en vísperas del encuentro de la Liga de Naciones frente a Dinamarca y dejó en el aire un episodio que, por ahora, no supone su adiós a Portugal, sino únicamente a esta convocatoria.
La precisión es importante. El delantero de 41 años ha abandonado la concentración, no la selección. Sigue teniendo la posibilidad de regresar, de ampliar sus 234 partidos y 146 goles con Portugal y de decidir por sí mismo cuál será el último capítulo de una trayectoria que comenzó en 2003.
Aun así, lo ocurrido reúne varios de los ingredientes que suelen preceder a una separación definitiva: una suplencia inesperada, media hora de calentamiento sin llegar a jugar frente a Noruega, varios entrenamientos al margen del grupo, una reunión con el presidente de la Federación Portuguesa y un mensaje público que promete una explicación futura. Si finalmente no vuelve, Cristiano se sumará a la lista de leyendas cuya despedida quedó marcada por la incomodidad o el desconcierto.
Uno de los casos más recordados es el de Johan Cruyff. Su último partido con Países Bajos fue el 26 de octubre de 1977, en la victoria por 1-0 ante Bélgica que selló la clasificación para el Mundial de Argentina. Tenía 30 años y seguía siendo uno de los mejores futbolistas del mundo, pero nunca regresó a la selección. Durante décadas, su ausencia en el torneo alimentó todo tipo de teorías, desde diferencias con la federación hasta supuestas razones políticas o familiares. No fue hasta 2008 cuando explicó que meses antes del Mundial había sufrido un intento de secuestro en su casa de Barcelona, un episodio que cambió por completo sus prioridades. Países Bajos llegó a la final sin él, perdió ante Argentina y Cruyff no volvió a vestir la camiseta de su país.
La despedida de Diego Armando Maradona fue muy distinta en la forma, aunque también terminó lejos de la normalidad. Su última aparición con Argentina se produjo en el Mundial de Estados Unidos 1994, tras la victoria frente a Nigeria. Una enfermera lo tomó de la mano y lo condujo al control antidopaje, una escena que quedó para siempre asociada al positivo por efedrina que frenó su regreso a la élite. Maradona había disputado aquel torneo con 33 años y acababa de marcar ante Grecia su último gol en una Copa del Mundo. Argentina lo apartó de la competición y, aunque volvió a ponerse la camiseta albiceleste en un partido homenaje en 2001, su último encuentro oficial con la selección fue aquel en el que abandonó el campo sin saber todavía que estaba saliendo también de la historia del equipo.
Eric Cantona tampoco tuvo una despedida anunciada. Su último partido con Francia fue un amistoso frente a Países Bajos disputado el 18 de enero de 1995. Era el capitán y completó los 90 minutos en una victoria por 0-1. Una semana después, la famosa patada a un aficionado del Crystal Palace cambió su carrera internacional. Aimé Jacquet lo apartó mientras siguiera sancionado y, cuando regresó a la competición con el Manchester United, la selección francesa ya había encontrado otro rumbo. No fue convocado para la Eurocopa de 1996 y nunca recibió una nueva oportunidad. Se retiró del fútbol en 1997 sin volver a la selección.
Zinedine Zidane protagonizó uno de los finales más dramáticos. Había anunciado que el Mundial de 2006 sería su última gran cita como futbolista y llevó a Francia hasta la final frente a Italia. En ese partido marcó de penalti a lo Panenka, rozó un segundo gol con un cabezazo y, ya en la prórroga, respondió a unas palabras de Marco Materazzi con el célebre cabezazo en el pecho que le costó la expulsión. Caminó solo hacia el vestuario, pasó junto a la Copa