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En la comunidad de Peniel, en el municipio de Roboré, departamento de Santa Cruz, la respuesta frente a los incendios forestales dejó de depender solo de la experiencia acumulada con los años y pasó a apoyarse también en mediciones, registros y decisiones colectivas. Desde 2019, cuando el fuego arrasó más del 60% del territorio que las familias utilizan desde hace generaciones, los comunarios han reforzado un sistema propio de gestión del riesgo que combina conocimiento local, organización comunitaria y herramientas técnicas para proteger el bosque seco chiquitano.

Cada mañana, Angélica Rivera recorre el pequeño espacio donde funciona la estación meteorológica construida por ella y sus vecinos. Allí mide la humedad del aire, toma la temperatura y cuenta los días transcurridos desde la última lluvia. Luego se dirige a la entrada del pueblo y mueve la aguja del “riesgómetro”, un dispositivo de cinco colores que permite establecer el nivel de peligro de incendios forestales. Esa información no queda solo en un registro: sirve para definir el calendario comunal de quema, una práctica que Rivera coordina visitando casa por casa a los vecinos para conocer sus planes y fijar fechas concretas cuando corresponde.

Rivera, de 30 años, ocupa desde hace dos años el cargo de delegada comunal de gestión de riesgo. Su tarea consiste en traducir los datos del monitoreo diario en decisiones que afectan a toda la comunidad. Si el indicador marca verde oscuro o verde claro, es decir, riesgo bajo o medio, la quema puede realizarse con acompañamiento de bomberos voluntarios. Pero si la aguja se desplaza hacia naranja o rojo, el uso del fuego queda prohibido. “Si sale riesgo muy alto o extremo, está prohibido encender hasta un fósforo”, afirmó.

La experiencia de Peniel cambió de manera drástica tras los incendios de 2019. Aquel año, el fuego consumió gran parte del territorio comunal y dejó una huella profunda en la vida de sus habitantes. En 2024, la amenaza volvió a sentirse con fuerza, al punto de dejar a Rivera y a su hijo bajo un cielo cargado de humo. Ese episodio la llevó a asumir también el rol de bombera voluntaria, en una comunidad que entiende la defensa del territorio como una responsabilidad compartida.

La memoria de lo ocurrido permanece viva en voces como la de Celso Rivera, uno de los fundadores de Peniel. Él recuerda la época en que el lugar era una selva virgen y describe el incendio de 2019 como el episodio más destructivo vivido por la comunidad. El avance de las llamas dejó una columna de humo tan intensa que el pueblo quedó sumido en la oscuridad. Algunas familias tuvieron que ser evacuadas, mientras animales silvestres y ganado murieron atrapados por el fuego.

En ese contexto, la organización comunitaria se volvió clave. Richard Rivas, coordinador de enlace en la Fundación Amigos de la Naturaleza (FAN), explicó que la ubicación de Peniel la convierte en un punto crítico y en una barrera humana frente al avance del fuego. A través del Sistema de Alertas Tempranas Comunitarias de Manejo de Fuego, impulsado por FAN con apoyo del PNUD Bolivia y la Unión Europea, la comunidad ha conseguido reducir de forma notable los incendios cercanos. El monitoreo matutino permite anticipar condiciones de peligro y comunicar el nivel de riesgo con mayor precisión, lo que fortalece la prevención y la respuesta.

El trabajo no recae únicamente en los adultos. Emmanuel Weber Solís, de 16 años, representa el relevo generacional de esta labor comunitaria. Con apoyo de herramientas técnicas como el anemómetro “Kestrel”, participa en el ajuste de la aguja del tablero de riesgo, una señal de que la gestión del fuego también se aprende desde joven y forma parte de la vida cotidiana de Peniel.

La comunidad, además, funciona bajo un régimen de propiedad colectiva desde 2011. De sus 320 hectáreas totales, solo 80 se destinan a la producción agrícola, por lo que el uso del fuego se maneja con especial cuidado. El “chaqueo” se realiza de manera planificada y consciente, dentro de un esquema que contempla prevención, preparación y respuesta ante incendios. Y cuando el fuego golpea la zona, la ayuda no termina con la emergencia: FAN también entrega semillas y herramientas para reactivar la producción agrícola y apoyar la restitución de los medios de vida.

Así, entre la vigilancia diaria, la organización comunal y el aprendizaje entre generaciones, Peniel ha

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Federico Enrique
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